Entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico: ¿cómo se posiciona la región en el nuevo orden?

A pocos días de asumir, el presidente Mauricio Macri insertó a la Alianza del Pacífico dentro de una agenda de opciones comerciales de la cual había sido marginada en forma tajante durante los años anteriores. Sin embargo, en forma paralela, el país comenzó a desempolvar las viejas negociaciones librecambistas entre el Mercosur y la Unión Europea.


Mauricio Macri mira a su par Michelle Bachelet (Chile) en la última
Cumbre del Mercosur, en Asunción.

De esta manera, bajo la dirección de la nueva administración, la República Argentina empezó a modificar las posiciones de sus fichas en el vertiginoso tablero de la economía regional e internacional. Libre comercio y pragmatismo parecen ser el ingrediente y la receta adoptadas por la gestión de Macri para posicionar al país en una nueva división internacional del trabajo.

Lejos de las interpretaciones cíclicas de la historia, este nuevo reordenamiento global se presenta con una doble crisis que afecta de manera simultánea tanto al hemisferio norte como al sur. Y al mismo tiempo, reaparece un sistema tripolar erigido sobre una base predominantemente capitalista con dos ejes que se distinguen del resto -en términos de flujos comerciales- ubicados en los océanos Pacífico y Atlántico.

Este nuevo mapa mundial, a diferencia de la disposición cartográfica de los planisferios tradicionales, propone al continente americano como un centro estratégico que, además de contener a uno de los tres polo [Estados Unidos, China y la Unión Europea], se presenta como una elocuente opción articuladora de los dos restantes. Y al mismo tiempo, la región representa a una de las principales fuentes de recursos naturales y energéticos del mundo, con un gran potencial de desarrollo capaz de multiplicar las capacidades económicas.

Sin embargo, esta segunda década del siglo XXI se presenta con una fuerte caída del comercio internacional y un resurgimiento de medidas proteccionistas que ponen en tensión las dinámicas de funcionamiento, no así su existencia, de los bloques regionales. Al mismo tiempo, de manera interconectada con lo anterior, la caída de los precios internacionales de los commodities despierta los ya conocidos ciclos de restricciones del sector externo de los países especializados en una canasta estática de productos primarios y energéticos.

Por lo tanto, si regiones como América del Sur construyeron sus estructuras productivas de cara al suministro de materias primas y alimentos para el resto del mundo, sus economías deberán establecer un plan alternativo de contingencia que les permitan resguardarse de la permanente volatilidad de los mercados. Y aún en los mejores momentos, que puedan constituirse como un actor con poder de veto en los sistemas de precios internacionales de los productos que comercia.

Mercosur: la unión aduanera que quería ser mercado común

A poco de haber cumplido sus 25 años, el Mercosur logró integrar a la Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Venezuela y Bolivia, ésta última en proceso de adhesión. Este bloque se extiende sobre un territorio de casi 15 millones de km2 donde viven más de 295 millones de personas, con un PBI total de 4,58 billones de dólares, lo que representa el 82,3 % del producto total de toda Sudamérica.

La sumatoria de estos valores ubica al Mercosur como la quinta mayor economía del mundo. Una posición verdaderamente envidiable para cualquier economía en vías de desarrollo con aspiraciones a desarrollar una estructura competitiva con proyección mundial. Sin embargo, la sumatoria de los miembros nunca es el modo más preciso para definir a un bloque, sino su verdadera capacidad para alcanzar los objetivos definidos. La falta de una adecuada y constante coordinación política, sumada a dificultades reales en materia de infraestructura y un sistema burocrático homogeneizado (consecuencia de lo primero), le impiden al bloque dar un salto cuanti y cualitativo en términos de integración.

Desde el Protocolo de Ouro Preto firmado en 1994, y luego de sumar a dos nuevos miembros, el Mercosur mantiene la misma y precaria estructura institucional, caracterizada por carecer de un órgano meramente ejecutivo, y un sistema de resolución de conflictos con una escasa actividad.

Actualmente, el Mercosur se encuentra lejos de haber alcanzado la dinámica de un mercado común tal como se contempló en el Tratado de Asunción (1991), con una libre movilidad de los factores productivos y la coordinación de políticas macroeconómicas. Por el contrario, sus miembros parecen haberse conformado con haber alcanzado, con gran dificultad, la categoría de unión aduanera, con aranceles internos preferenciales, un régimen de origen y un arancel externo común en una serie de productos.

Sin embargo, el largo camino recorrido, los obstáculos superados, y una serie de objetivos efectivamente cumplidos, hacen del Mercosur un bloque consolidado que se ha ganado el reconocimiento del resto de las organizaciones regionales del mundo.

Y a pesar de ser categorizado como “unión aduanera”, definirlo desde una perspectiva netamente comercial implica dejar afuera del análisis al importante desarrollo de vínculos sociales, culturales y políticos que se forjaron como consecuencia colateral a la dimensión económica. Con lo cual, el Mercosur ya no se encuentra constituido únicamente sobre voluntades políticas, sino sobre un verdadero entramado subyacente y transversal a los gobiernos, y más aún a la estructura institucional del mismo Mercosur.

Alianza del Pacífico: la doble liberación del comercio

A diferencia del anterior, la Alianza del Pacífico se consolida como una alternativa con aspiraciones limitadas pero concretas. El bloque que reúne a Chile, Perú, Colombia y México se posiciona como la octava potencia económica mundial y representa el 38% del PBI de América Latina y el Caribe. Se extiende sobre una superficie total de 5.155.610 km2 y reúne a una población que asciende a los 218.383.000 de habitantes.

 

Su objetivo integracionista se reduce a un mero acuerdo de libre comercio, es decir, la eliminación de barreras comerciales internas (uno de los objetivos ya incluidos en una unión aduanera). Esto implica el intercambio sin restricciones de bienes y servicios entre los países miembros de la Alianza. Sin embargo, al no proponerse la conformación de un arancel común para negociar con otras economías que no forman parte del bloque, cada miembro tienen la plena libertad de establecer vínculos con terceros. De hecho, Chile es reconocido por ser uno de los países con mayores tratados bilaterales de libre comercio del mundo.

Ahora bien, cada proceso de integración debe estructurarse en base a las características propias de las economías que se enlazarán, y no sobre modelos estrictamente teóricos. Es cierto que la mera sumatoria de los miembros del bloque representan valores atractivos. También es cierto que los países con canastas de exportación concentradas en pocos bienes tienden a políticas aperturistas para colocar sus producciones en el mercado internacional e importar aquello que necesite su población. Sin embargo, es difícil encontrar la explicación de por qué Perú necesitaría importar cobre chileno para luego exportarle su propio cobre a Chile, cuando además, ninguno de los dos países posee una estructura industrial que tenga al cobre como insumo.

De las cuatro economía, la única que posee un proceso de industrialización avanzado es México, cuyas principales exportaciones son petróleo crudo ($37 miles de millones), automóviles ($33 miles de millones), piezas-repuestos ($23 miles de millones), camiones de reparto ($22,7 miles de millones) y computadoras ($18,6 miles de millones). Sin embargo, al comparar con los productos importados se pone en evidencia la dependencia estructural de su sector externo: refinado de petróleo ($22,9 miles de millones), piezas-repuestos ($22,7 miles de millones), circuitos integrados ($13,5 miles de millones), computadoras ($10 miles de millones) y transmitiendo accesorios ($8,98 miles de millones) [Fuente: OEC].

No obstante, la Alianza del Pacífico tampoco se ubica entre los principales socios comerciales de México, cuyo ranking es encabezado predominantemente por Estados Unidos, con quien el país latino acumula un superávit comercial de casi $100 mil millones de dólares.

La Alianza del Pacífico no se propone entre sus objetivos constituirse como una plataforma capaz de incentivar un proceso mínimo de industrialización. Por el contrario, toma la realidad actual de sus países miembros y busca dinamizar los intercambios de los bienes que actualmente producen entre sí. Con la determinante característica de que cada uno de sus miembros mantiene una vocación librecambista con el resto del mundo. Lo que hace que indirectamente, someta a sus pares a una doble apertura comercial.

Ampliar el mercado para crecer

Ampliar el mercado para crecer es una estrategia diametralmente opuesta a liberar el mercado como fin en sí. La primera estrategia proporciona la incorporación de nuevos actores que permitirán dinamizar el intercambio de insumos, capital, bienes y servicios de las economías. Para ello, son necesarias las políticas económicas que acompañen el proceso, fomenten la inversión, insten al agregado de valor, y sobre todo, promuevan el desarrollo tecnológico y del conocimiento.

Liberar el mercado al mundo como fin en sí mismo es condicionar a una economía a las vicisitudes del comercio internacional. Ningún país industrializado logró el acopio de capital que le permitió construirse como tal con una política exterior aperturista como actualmente lo recomiendan.

Ante un mundo que atraviesa un reordenamiento, la alternativa regional puede cumplir dos roles fundamentales como parte de una misma función. Por un lado, sirve de plataforma incubadora de sectores productivos e industriales que les permitirá enfrentarse a un mercado ampliado antes de salir al sistema global. Y por otro lado, permite crear una zona de refugio temporal dónde resguardarse ante la volatilidad del mercado.

América del Sur, con su gran potencial, se encuentra ante una importante disyuntiva. Sin embargo, la decisión no depende de la voluntad de ningún gobierno. Sólo es necesario leer las dinámicas económicas, sociales e históricas-culturales, que subyacen al entramado transfronterizo para construir la plataforma comercial más adecuada a la realidad y necesidades regionales.

Eso sí, lo que requiere de voluntad política es ponerla en funcionamiento.

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