Terrorismo: la representación social de un mundo desigual

Tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el terrorismo ha incrementado su protagonismo entre los episodios de violencia internacional. Esto no implica necesariamente un aumento en términos absolutos de dichas prácticas. Al contrario, su mayor relevancia puede percibirse frente a la disminución relativa de los conflictos interestatales. Sin embargo, a pesar de este logro, el mundo no ha conseguido resolver distintas desigualdades que, en la actualidad, son más complejas que la tradicional brecha entre el Norte y el Sur. Existen constantes dinámicas de exclusión -políticas, económicas, religiosas o sociales- que se replican, en mayor o menor medida, a lo largo de todas las regiones del planeta.


Foto gentileza: Eric Lafforgue

La dificultad de encontrar soluciones al terrorismo transnacional se debe a que su principal herramienta se encuentra subyacente en la naturaleza social de la humanidad: la palabra. El caso paradigmático es el que protagoniza el autoproclamado Estado Islámico. Con un gran dominio retórico y argumentativo, ha logrado constituirse como una amenaza latente para la paz mundial. Sin embargo, sus prácticas no deben analizarse desde una mirada unidireccional, sino en un permanente círculo de retroalimentación.

Para comenzar, es difícil encontrar un consenso teórico sobre una definición de terrorismo. Sin embargo, existen elementos que permiten un acercamiento preliminar. Por un lado, el acto se materializa en la generación de un daño a persona o bienes. Por el otro, el objetivo no radica en consumar el perjuicio en sí, sino en la intención de modificar el orden político preestablecido. Una particularidad entre estos dos componentes es que no existe ninguna organización creada con el fin de ejercer terrorismo en sí. Y al mismo tiempo, cuando un grupo logra establecer un orden nuevo, deja de ser considerado dentro de esta categoría. Hace poco más de dos décadas, Nelson Mandela salía de prisión, pero en la actualidad, a nadie se le ocurriría volver a llamarlo terrorista.

La piedra angular que define a este fenómeno se encuentra en el efecto que se propaga en la sociedad. Un atentado logra su objetivo cuando comienza a circular dentro de una comunidad lingüística. Esto le permite a una organización acumular un capital simbólico que puede ser transable, en mayor o menor medida, por capital político que luego será utilizado en las negociaciones de pacificación. Además, los adelantos tecnológicos en materia de comunicación amplían la comunidad receptora a escala global. Mientras que las redes sociales permiten una mayor permeabilidad a los circuitos de producción y reproducción de mensajes.


Más que una organización, una representación social 

Según el psicólogo social Serge Moscovici, en su teoría sobre las representaciones sociales, éstas se definen como “la elaboración de un objeto social por parte de una comunidad”. Éstos –objetos sociales- no se determinan por sus características propias, sino por las relaciones que una comunidad establece alrededor de ellos. Por lo cual, una representación social tiene el atributo de crear identidad. Es decir, un grupo logra definirse en torno a un objeto, para luego interactuar con otros. Cumple así una doble función: de cohesión hacia el interior, y una carta de presentación hacia el exterior.

De algún modo, consciente o inconscientemente, los líderes del Estado Islámico conocen muy bien las formas en que se construyen las representaciones sociales y sus dinámicas de circulación. Pero además, lo hacen desde una plataforma cultural que contiene una gran potencialidad intrínseca. A diferencia del mundo moderno “occidental”, el colectivo aglutinador al cual se dirige el Estado Islámico no es la nación, sino la umma, es decir, la comunidad musulmana. La misma, se encuentra fuertemente estructurada por un elemento que atraviesa, incluso, a la religión: el árabe.

Al ser la lengua su elemento articulador, la umma, a diferencia de la nación, trasciende los límites territoriales del Estado. Se vuelve inmune a todo mecanismo de control fronterizo. Es allí cuando la representación social se vuelve potencialmente dinámica. El Estado Islámico logra penetrar los rígidos sistemas de seguridad a través de la palabra para establecer vínculos con su comunidad transnacional. La lengua no sólo transmite información, también genera emociones, construye memoria y crea identidades. Incluye. Y este proceso se genera en contextos sociales de exclusión debido a las dificultades que tiene la categoría de nación para mantener la cohesión de mundos materialmente desiguales como los actuales.

Es en este contexto en el cual el Estado Islámico se presenta como un caso paradigmático. Sus líderes tienen un profundo conocimiento de los códigos del lenguaje y dominan con una gran habilidad los nuevos canales de comunicación, a través de los cuales se contacta con los excluidos del mundo global para invitarlos a pertenecer a una comunidad. No promete lujos ni suntuosidades, simplemente propone un “sentirse incluido”.

De esta manera, la verdadera fortaleza radica en que, a pesar de verse disminuida su capacidad bélica real, su poder de fuego argumentativo se mantiene peligrosamente intacto. De hecho, aún ante la ausencia de organización, la comisión atentados llevados a cabo por los denominados “lobos sueltos” mantiene el espíritu vivo de la representación social.

El desafío por delante se presenta en múltiples direcciones. Por un lado, una organización criminal de alcance planetario exige intensificar los esfuerzos cooperativos de la comunidad internacional en materia de seguridad. Regular el tráfico lícito e ilícito de armas en las zonas de conflicto sería un buen comienzo. Sin embargo, esto no desarticulará la representación social circulante. Ante esto, el mejor remedio será la autocrítica y reflexión acerca de cómo construir un mundo verdaderamente inclusivo y con lazos de solidaridad social más fuertes.

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