Buscando la ruta comercial

Con la llegada a la Casa Blanca, el presidente Donald Trump se ha convertido en la representación icónica de una nueva etapa en la política internacional. El golpe de timón que se encuentra dando Estados Unidos, y que tendrá repercusión en el resto de la flota, se lleva a cabo en medio de un mar incierto con una bruma que impide ver el horizonte con claridad. Sin embargo, sería erróneo pensar que el conjunto de las embarcaciones sólo observan la popa de la norteamericana. Algunos vemos su proa de frente.

rutacomercial

Muchas de las promesas electorales en materia comercial e industrial que había anunciado Trump a lo largo de su campaña coinciden con políticas económicas que habían adoptado buena parte de los países sudamericanos a lo largo de los últimos años. Salvando las distancias, podrían encontrarse interesantes coincidencias entre el “No al ALCA” liderado por los presidentes Hugo Chávez, Inácio Lula Da Silva y Néstor Kirchner en el 2004 con el “No al NAFTA y TPP” del actual mandatario estadounidense.

A una década de desatada la gran tempestad que significó la crisis financiera internacional, y justo cuando la tormenta comenzaba a calmarse, decisiones provenientes de las tripulaciones de las distintas embarcaciones generaron los rotundos cambios de dirección que se observaron a lo largo del 2016. Tanto las que se encontraban navegando hacia mares más intervencionistas y cerca de sus mercados, como las que optaban por aguas abiertas, todas han mostrado un viraje hacia direcciones opuestas.

El  Atlántico

En medio de las ya conocidas crisis de restricciones externas, los países miembros del Mercosur decidieron desempolvar las negociaciones que habían iniciado con la Unión Europea durante la última década del siglo pasado. Sin embargo, una serie de dificultades económicas, sociales y políticas en el viejo continente obligan a sus gobiernos a adoptar actitudes defensivas e introspectivas. Sumado a esto, la integridad misma del bloque fue puesta en jaque luego del voto de los ciudadanos ingleses a favor de romper sus lazos integracionistas, hecho que busca ser replicado por actores internos de otros miembros. En este marco, además, se escuchan voces que indican que el camino de la prosperidad se encuentra en el Pacífico, no en el Atlántico.

Ante un mundo vertiginoso y en permanente estado de cambio, vale la pena regresar a la pregunta fundacional: ¿Por qué o para qué nos integramos? Luego, recién podremos continuar con el cómo.

Entre los textos fundantes de lo que hoy conocemos como Unión Europea, el periodista Joan Carlín destacó en una de sus notas del periódico español El País que el proceso de integración no perseguía el objetivo de primario de constituir una plataforma comercial, sino de “construir solidaridades de hecho”. En aquellos años de posguerra, existía el miedo latente de tener que afrontar una nueva catástrofe bélica, y encontrarse alrededor del carbón y el acero se presentaba como una buena excusa, además de productiva.

Salvando las distancias con las circunstancias atravesadas en el viejo continente, también pueden encontrarse motivaciones fundantes del Mercosur que subyacen a la mera razón económica. La predisposición de los líderes políticos para superar históricas rivalidades; el interés por administrar las cuencas hídricas; junto a una lectura común del plano internacional, son algunos de los factores que impulsaron a Raúl Alfonsín y José Sarney a apostar por la profundización de las relaciones entre Argentina y Brasil durante los años ochenta.

Por otro lado, si aún pretendemos regresar al análisis desde el aspecto comercial, es válido recordar las palabras del economista Eduardo Crespo cuando afirmó que “los países no exportan para desarrollarse, sino que exportan porque se desarrollan”. Esto propone un nuevo enfoque en las relaciones interregionales. Sobre todo, frente a aquellas posturas que se limitan a pensar el acercamiento con Europa desde un plano estrictamente comercial, incluso, bajo el riesgo de realimentar la vulnerabilidad estructural de las balanzas comerciales sudamericanas.

La consigna de exportar a partir del desarrollo es un elocuente argumento para consolidar los lazos internos del Mercosur. Las dimensiones del bloque representan un gran potencial para conformar una plataforma de despegue de firmas o redes sectoriales que requieran de una escala intermedia de formación antes de lanzarse al mundo. Sin embargo, es aquí donde comienza la verdadera paradoja en la que han caído las economías que adoptaron el modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones, enfocado en el mercado interno, pero con tendencia a exportar divisas.

Sin menospreciar las mejoras en la calidad de vida de la población durante esos procesos, los economistas de la CEPAL han criticado el progresivo cierre comercial de las fronteras que adoptaron los países sudamericanos. Directriz que se produjo en sentido tanto inter como intrarregional, y que ha generado dependencia sobre escasos sectores con proyección al mercado internacional. Por lo tanto, si buscamos contestar el por qué, la respuesta comenzaría afirmando: porque han generado áreas económicas eficientes y competitivas capaces de expandirse hacia el comercio exterior.

En la segunda instancia del análisis queda preguntarnos para qué. Si observamos a la integración desde un enfoque unidimensional, concluiremos que el fin del proceso se limita al mero intercambio de bienes y servicios que abundan en un punto del planeta y son escasos en otro. Sin embargo, desde una mirada integral, la explicación teleológica no se concentra sólo en el final de la cadena productiva. Un país no exporta por una mera consecuencia de su estructura industrial. Un país exporta porque ha logrado acumular proceso técnico, desarrollo tecnológico y experiencia que le permite aportar valor agregado al resto del mundo. Y para ello, ha tenido que establecer vínculos que le permitieron adquirir, a través del intercambio, de toda esta competitividad dinámica. Una economía se integra para desarrollarse.

En definitiva, creamos lazos de integración porque alcanzamos niveles de desarrollo maduros que permiten adquirir competitividad en sectores estratégicos para la región. Y al mismo tiempo, fundamos aquella interconectividad para continuar profundizando aquel desarrollo y para perfeccionar las capacidades dinámicas que brindan la posibilidad de alcanzar mayor progreso técnico tanto en los procesos como en el producto. Por qué y para qué, la causa y la finalidad, deben pensarse en términos de retroalimentación.

El Mercosur puede integrarse con la Unión Europea porque tiene importantes ventajas comparativas en una serie de sectores, fundamentalmente los primarios. Sin embargo, su único fin no debe limitarse a ser el proveedor de materias primas y alimentos. Del otro lado del océano, existe un mercado que, además de estar conformado por una población con ingresos medios-altos, existe un acervo de tecnología y conocimiento potencialmente enriquecedor para la región, y susceptible de ser adquirido. Con lo cual, si la negociación comercial se encuentra trabada por intereses sectoriales, los acuerdos políticos y de cooperación se transforman en caminos viables para tender lazos tan fructíferos como lo primero. Después de todo, las solidaridades de hecho nos indicarán que hay integración.

Juan José Ronco Rampulla

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